sábado, 11 de junio de 2011

I Carrera Montes de Viveiro - Por Ángel Pumar

Por Ángel Pumar Bóveda - Presidente del club Esprintes Ourense
En la mañana del domingo 29 de mayo, había planeado levantarme a las cinco de la mañana para ir de Ourense a Viveiro pero, pasadas las dos y media de la noche, como siempre, aún estaba sentado en la cocina, tomándome una cerveza y pensando si sería una locura más.
Desperté a las seis y media y, la locura, de momento, sería si era capaz de llegar a tiempo a la salida de la carrera, a las nueve y media en la Plaza Mayor de Viveiro.
Unos días antes me había enterado de que en Viveiro, capital de la Mariña lucense, se iba a celebrar una carrera de montaña de cuarenta kilómetros. Al principio no le presté mucha atención pero, al ver que sería una carrera y un recorrido muy interesante, empecé a pensar en la posibilidad de acercarme.
Un día antes de finalizar el plazo de inscripción, y todavía sin saber si los compromisos familiares me lo permitirían, me la jugué y adelanté los quince pavos que pedían. Era un poco arriesgado pero, si a última hora podía ir, (como así fue), tenía que estar inscrito.
La predicción del tiempo no era muy buena para ir a la playa pero, los 15 grados anunciados, la lluvia fina y el ligero viento del nordeste, tampoco eran unas condiciones muy malas para correr. Sin embargo, la mañana aparecía luminosa, casi radiante, cuando, a eso de las siete menos cuarto, salí zumbando por la carretera de Lugo. La casi ausencia de tráfico, el firme en perfectas condiciones y, como decía, la bonita mañana de domingo me llevó más pronto de lo que pensaba, a la para mi, preciosa Villa, (aunque sé que tiene el título de ciudad) de Viveiro.
Los últimos cuarenta kilómetros desde Villalba A Viveiro, subiendo por la antigua carretera 540 Lugo-Vivero, bordeando la Sierra de O Xistral, , se hacían por un sinuoso trazado, con la anchura justa para un carril en cada sentido y, sin posibilidad de adelantar en casi ningún punto. Ahora, después de muchísimos años en obras, se ha mejorado algo, no mucho y, personalmente, después de tres o cuatro años sin ir, me llevé una agradable sorpresa.
Debido a todo lo dicho, llegué a tiempo. La verdad es que ya iba vestido de corredor. Aparqué lo más cerca posible de la salida y aun tuve tiempo de tomarme un café, mientras, ahora ya sí, pensaba si sería capaz de terminar una carrera de más de cuarenta kilómetros, y, con cuatro puertos de montaña de categoría especial, con salida en el centro de Viveiro, haciendo un recorrido circular para llegar al mismo punto.
La salida, compartida con los corredores de la carrera corta de 16 Kms., no éramos muchos más de setenta y, sólo tres chicas, de las cuales, una, correría, (¡¡y que bien!!), la larga.
Antes de tomar la salida
Saliendo con Lois
Cruzando el río. Nos vamos para arriba

Salimos hacia Covas y, en seguida abandonamos la población para adentrarnos en el monte y comenzar la primera ascensión. Se trataba de un cortafuegos de unos trescientos o cuatrocientos metros de largo pero con una pendiente casi imposible. Yo, que iba atrás de todo, podía ver, A TODOS los corredores repartidos en un espacio tan corto, avanzando a durísimas penas. (¡Pena de foto!). Ahora, a una semana vista y, seguramente por la falta de oxígeno, no recuerdo si eran dos o tres los cortafuegos que nos hicimos en apenas cuatro kms. pero, os aseguro, que si en vez de al principio, los ponen al final de la carrera, llegarían a meta dos o tres, como mucho.
Después de coronar el primero de los cuatro altos, Silvarosa, y de culebrear un poco en el “altiplano” de praderas bastante encharcadas, nos tiramos a “tumba abierta”, como dicen los ciclistas, buscando el resuello que habíamos perdido y, que alguno ya no encontraría.
La bajada, aunque en algunos tramos técnica, se dejaba correr, muy concentrado en los apoyos, para no marchar de narices, entre tramos, más de eucaliptos que de carballos y, realmente, me vino muy bien para poder encarar con aliento, la segunda “tachuela” del día: El Monte Castelo.
Creo que éste fue el tramo que más daño nos hizo a todos, por su distancia, por sus pendientes, por el calor y la humedad, que hicieron acto de presencia, en contra de las predicciones, por sus últimos metros de subida, muy similares al anterior cortafuegos, por su larga y peligrosa bajada técnica del Vía Crucis y, por los tramos de pista, primero picando hacia abajo y luego, un par de kms. de falso llano, paralelos al bonito río, no sé si Landro o Naseiro.
En este tramo alcancé a Lois que me comentó que, al llegar al punto de control, tenía decidido abandonar. No quiero extenderme pero, desde luego, le sobraban las razones para hacerlo, a este bravísimo corredor.
Las pistas, en este tipo de carreras, son muy criticadas por un sector de corredores, aunque, personalmente pienso que, aunque puedan restar la belleza, dureza y épica buscada por muchos en pruebas como Zegama, (por decir alguna), por el contrario, permiten el fácil acceso a voluntarios, servicios de emergencias, etc, haciéndolas además, asequibles a un espectro más amplio de participantes.
El caso, es que, debido al calor y a la abrasión producida por las dichosas pistas y, seguramente también por las zapatillas, de las que ya no me fío después de habérmela jugado un par de veces, empecé a notar molestias en las plantas de los pies. Ampollas o, quizás llagas y, ¡faltando la mitad del recorrido! Esto hizo que cambiara la técnica de carrera lo que, me llevó a pegarme un buen tortazo, cayendo en plancha, luego de haber tropezado con una piedrecilla.
A parte de raspaduras en manos y rodillas, no tenía nada, por lo que, seguí hasta el punto medio de control, en el que me detuve un ratito para beber y comer. Allí me enteré de que bastantes corredores habían abandonado en aquel mismo punto. Yo, desde luego, no me había desplazado hasta allí para hacerlo, así que, con una cierta emoción, por los motivos de los que antes hablaba, me despedí de Lois, y proseguí la marcha.
Quedaban dos montes y, creo que, a partir de aquí, fue todo subida, exceptuando un pequeño tramo antes del alto de Fontecova, después del avituallamiento, por cierto, estupendo y perfectamente atendido, y, de la bajada final.
Desde luego que había sitios muy bonitos pero, esta foto cayó ahí.
Fui “haciendo la goma” casi toda la carrera con un par de corredores y, llevaba a uno por detrás, al que veía acercarse alarmantemente, cuando las subidas eran muy empinadas. Me encontraba bastante bien y, aunque algo agarrotadas las piernas, todavía no había sufrido ni tan siquiera amagos de calambres. Lo único malo es que los pies me ardían. Subiendo y, a la bajísima velocidad que transitaba, me molestaban, pero el dolor era soportable.
Sin prácticamente tramo de bajada, encaramos la última subida a O Penedo do Galo, la cima más alta de las cuatro que componían la prueba. Los aerogeneradores zumbaban alegremente, mientras los dos corredores que me precedían se me iban unos metros. Las fuerzas empezaban a estar justitas y, la verdad, tanto ellos como yo, no sé de donde sacamos la energía para ponernos a correr.
Can-oso parece estar desencajado pero, no os engañéis, transitó por aquí casi una hora y media antes.
Nos dimos de frente con una pared. Había que escalarla, y aquí si, noté un preocupante agarrotamiento en casi todo el cuerpo, seguro que por la falta de entrenamiento, como es normal o, quizás, que todo hay que decirlo, por la dureza de la carrera.
La peña subía la ídem, cada uno como podía
Arriba, en lo más alto, dos hombres de la organización, nos animaban a finalizar la prueba, asegurando que ya solo quedaba bajada hasta la meta.
Es un poco injusto no haberse detenido un poco más para admirar la impresionante vista que desde O Penedo do Galo se ofrece de Viveiro y su Ría, pero, mirar atrás y ver a un corredor acercándose, pone en marcha nuestros más oscuros resortes competitivos.
Exactamente esta es la vista de Viveiro desde O Penedo do Galo. Fijaos que lejos estaba Viveiro
Casi cinco kms. de bajada. Primero un tramo técnico zigzagueando entre las xestas para desembocar en una pista. Aquí se me hizo muy agudo el dolor en la planta de los pies y, definitivamente los corredores que iban por delante se me fueron de la vista. En esta bajada se podría correr mucho estando bien, pero no era el caso, y, deseaba acabar ya.
Viveiro se veía aun muy lejos. De repente, desviándose de la pista, una puerta abierta en un camino, nos mete por un tramo de bajada técnica en la que, al final nos encontramos con otra puerta, pero en este caso, cerrada. Estaba intentando saltarla cuando me dio un fuerte calambre en un isquiotibial que me hizo gritar. Al momento, apareció un voluntario para echarme una mano. Intente pasar por un pequeño hueco, pero el cuerpo no estaba para contorsiones y, durante unos segundos, quedé atrancado y, lo que es peor, angustiado por si me alcanzaban. Conseguí saltar después de perder otro par de minutos. Un tramito de carretera y otra bajada técnica en la que tenía que ir a cámara lenta por el escozor de los pies, un par de callejeos en bajada, atravesar un arco medieval para hacer los últimos metros sobre el empedrado hasta la Plaza Mayor, desde dónde había salido cinco horas y cincuenta y cinco minutos antes.
En Penedos de Lobo, tardé dos horas más en completar el recorrido, quizás un poco más largo, pero creo que no tan duro como éste. Puesto cuarenta y cinco, (curiosamente el mismo número de dorsal), entre cincuenta llegados a meta. Con bastantes abandonos.
Nada más llegar fui saludado por Can-Oso, Estremeñeiro y Jesús Raña Platas, de Correr en Galicia. Que estaban en una cafetería viendo llegar a los últimos.
No tardé en irme a la Playa de Covas y, aunque la tarde se había puesto algo más fresca, me metí en el agua un rato, antes de entrar en una Pizzería, justo enfrente, en la que he pasado buenísimos ratos en otros tiempos, a tomarme una cerveza y comerme un raxo con pimientos, atendido por unas guapísimas camareras… y mirando el mar a través de los cristales.
Poco más se puede pedir para una tarde de un domingo de finales de mayo.

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